Yo te quise más - Tom Spanbauer


Hoy os voy a hablar de Nueva York, de un hombre muy particular que vive aquí. De las pequeñas dosis tan maravillosas de los años ochenta que hay aquí, de la ropa "rara" de nuestro protagonista. De la soledad que se respira en sus páginas pero también la esperanza y las ganas de vivir. De un amor, una amistad y otro amor, el último, que acabó con todo. O casi. 
     Tom Spanbauer tiene algo no sé exactamente el qué pero tiene ese algo que hace que una historia aparentemente normal se convierta en algo especial. Si me paro a pensar con cierta claridad sobre la novela me doy cuenta que lo primero que me ha gustado de ella es su estilo. La forma en la que Ben nos cuenta su historia es uno de los puntos claves. Simple pero no del todo, conciso, claro. Que consigue que desviarse por las diferentes etapas de la vida de Ben no sea un problema, pero sabe también explicar el motivo de todos sus males a posteriori (oh, las mujer de su vida, tío). Los momentos de tensión, de felicidad, de éxtasis. De repetir los errores del pasado, de pisar la misma piedra que tiene el mismo nombre, con el mismo diagnóstico. La necesidad de salir corriendo en el momento menos oportuno. Todo eso transmite Tom Spanbauer con su narración, y eso es sólo el principio. 

Lo segundo que más me ha gustado de Yo te quise más es Ben, su protagonista, el pilar (im)perfecto. Ben es la personificación del desastre, de la mala suerte, un claro ejemplo de cuando tu infancia te pasa factura, cuando las cicatrices y las heridas son tan profundas que son una parte intrínseca de ti. No es que no sepas o no te sale ser de otra manera, es que no puedes. Cuando te gusta escribir pero no te ves con fuerzas de llevarlo más allá de un simple hobby. Cuando lo que escribes no llega a nadie. O casi. Porque llega un momento en que sí, solo necesitabas a la persona justa. Se podría decir que realmente así empieza todo. Un curso de literatura, una invitación a una fiesta (una fiesta un poco peculiar) en la que lo realmente importante es leer lo que uno haya escrito. Y entonces ocurre. Lo que has escrito (y que no parece tener sentido) llega a alguien.
     Yo te quise más es una historia que se va desarrollando en diferentes fases y frentes. Una primera fase, la del amor totalmente platónico pasa sin que casi nos demos ni cuenta. La primera cita, la ruta que se sigue, el punto culminante. Y de repente se acabó. Solo un puñado de recuerdos, venga, vive con eso. La segunda fase, la amistad, la de ese viaje con la novia de Hank, el viaje para vender sus libros juntos, el momento culminante en que todo podría haber tenido por fin sentido. Ya lo decía Adele hace unos años: we could have had it all. Todo eso hace que nosotros nos preguntemos, ¿es el fin? ¿Puede acabar una historia de amor así? Luego está la última, la carrera final. La agridulce, la de el tiempo lo cura todo, la amarga, la del golpe final.

Y ese es el primer frente, el de Ben y Hank. Hank y Ben. Hank, ese tío que puede enamorar a cualquiera. Esos ojos, ese pelo, no existe nadie como Hank. Su forma de ser, de moverse, de mirar. Las miradas. Nadie se mira como lo hacen Hank y Ben. Pero cerremos esa página. Abramos la siguiente. El otro frente abierto, el frente abierto por culpa de Ben, Ruth. Ruth que estuvo casada, Ruth a la que no le importaron todas las rarezas y extravagancias de Ben. La Ruth que lo cuidó y aguantó todo lo que vino a raíz de su enfermedad. La que puso todo su empeño en entenderlo, en darle espacio pero sin separarse de su lado. Pero sin dejar de ser Ruth. La chica que cuando se ruborizaba su cuello se ponía rojo, la pelirroja, la cargante Ruth. La Ruth de las dos caras. Dejémoslo en suspenso y vayamos a la siguiente, el último frente, en el que todo confluye. En el que tres son una multitud. En la que tres necesitan un cuarto o se convierten en dos. ¿Quién te quita a quien aquí?
     Tom Spanbauer ha escrito un libro de amor verdadero, pero no del tipo cuento de hadas, sino el que existe de verdad, el que podemos encontrar en cada esquina de una ciudad grande (y tampoco hace falta irse tan lejos). Yo te quise más es también una historia de descubrimiento de uno mismo, de superar el miedo a los demonios del pasado, de convivir con ellos. Reconocer que hay un problema y sin embargo seguir adelante con la cabeza bien alta (o todo lo posible al menos). Pero Tom Spanbauer asimismo muestra la cara más privada y personal de algunas de las enfermedades más comunes (y mortales) que hay hoy en día y esto es tremendamente importante. La forma en la que las integra en la historia, dándoles el peso suficiente para influir en las decisiones, en la forma de ser de Ben, en su modo de ver el mundo y comportarse con los demás. En como le cambia la vida. En como eso cambia la forma de ver al resto. En como el resto de ve a ti.

Dos, tres, dos. Las cosas pueden salir bien o salir mal, pero siempre habrá alguien que saldrá herido, uno más que otro. La herida será más profunda o menos pero no está en nuestras manos medir las heridas del corazón. A veces ni siquiera las del nuestro propio. Aceptar las cosas tal y como vienen, dejarse llevar por la corriente es también una opción. Los humanos somos seres incapaces de medir las emociones de los demás, nunca seremos capaces de descubrir la verdad oculta si el otro no lo quiere demostrar y quizás por eso, en el fondo, él te quiso más.

   


Ben fue un iluso al creer que podría amar a un hombre y luego a una mujer, «dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente», y salir indemne. Hank y Ben establecieron una profunda amistad en el Nueva York de los años ochenta, mientras aprendían a convertirse en escritores. Hank era heterosexual, y Ben, a pesar de haber estado con mujeres, un homosexual en toda regla. En los años noventa, Ben, ya sin Hank y enfermo de sida, se enamoró de Ruth, una de sus estudiantes de escritura creativa en Portland. El día que Hank apareció de nuevo en escena, nada pudo evitar que se cumpliera aquella famosa regla del tres, según la cual a un trío siempre se le acaba sumando un cuarto o restándosele uno. Y en este caso fue Ben quien quedó fuera.

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Americanah - Chimamanda Ngozi Adichie


Hay libros de los que cuesta hablar. Decir buenas cosas de algo que te ha gustado mucho en teoría es fácil, pero transmitir exactamente lo que te ha hecho sentir algo puede requerir un esfuerzo titánico. Pero cuando un libro conecta contigo cuesta encontrar las palabras justas para hacerle justicia, decir lo que realmente cuenta, no crear faltas expectativas, sueños, esperanzas. Porque de estas últimas tres palabras va Americanah. ¿Pero qué es Americanah? Un término que veremos reflejado entre las páginas de este libro, un concepto, alguien que no es ya de su país, alguien que ha cambiado demasiado para ser nigeriado, pero realmente tampoco acaba por encajar al 100% en Estados Unidos. Así es Ifemelu.

Chimamanda Ngozi Adichie ha escrito un libro sincero, nos ha abierto un poco su alma, relata de forma pausada, tomándose su tiempo para explicar un par de ideas, de sentimientos, de sensaciones, de cosas que uno si tiene suerte, no tendrá que sentir en su propia piel nunca, la experiencia de ser un inmigrante. Lo que cuesta empezar de cero. Aunque toda esa experiencia sea tan solo una parte de esta historia (pero una parte importantísima), sobre eso volveré un poco más adelante, porque el libro no empieza exactamente aquí. Al empezar nos encontramos en un punto en el que todo esto ya ha pasado, estamos en el limbo, en el que el pasado ha hecho de las suyas, cuando quieras o no, ya te has vuelto una persona diferente. El futuro se vuelve de un tono distinto, las esperanzas y las expectativas hace tiempo que se han diluido y lo que prima es el puñetazo de la realidad. 
       Avanzamos hacia atrás, conocemos a la Ifemelu del instituto, la original, la que estaba llena de sueños, esperanzas y expectativas. La que creía que una vida mejor era posible. La Ifemelu que se enamoró, porque si algo es también este libro, es una historia de amor. Obinze era diferente a todos los demás chicos, Obinze tenía un sueño muy concreto por el que luchó con uñas y dientes, leyó todo lo que pudo sobre Estados Unidos, y también se enamoró de Ifemelu. Imaginaron juntos una vida mejor, una vida en Estados Unidos aunque llevase su tiempo, aunque tuvieran que estar un tiempo separados. Pero a veces el amor no es suficiente, la vida tiene unas reglas de juego que no todos saben seguir y ser fiel a sí mismo a la vez. 

Americanah también es un libro arriesgado, es un libro arriesgado porque no todo el mundo sabe lo que se siente al ser un inmigrante, no todo el mundo entiende lo que eso conlleva. Creo que Chimamanda Ngozi Adichie ha descrito un par de momentos crudos, duros, pero totalmente necesarios, porque eso de lo que habla pasa todos los días. A veces no es que cueste adaptarte a un lugar nuevo, eso lleva su tiempo, a veces simplemente no te aceptan por más que luches. Por más que lo intentes, por bueno que seas, si hay uno de los míos que lo haga mejor, lo preferiré a él. La discriminación, el racismo encubierto (y no tanto) es una de las cosas que creo que mejor ha plasmado la autora a lo largo de todo el libro. Y Ifemelu lucha contra eso, o mejor dicho, no lo entiende, por eso decide abrir un blog en el que exponer su punto de vista. Sus motivos, su lado de la verdad. Su no hagas esto,  un cuando hables con un negro y tú seas blanco puede pasar esto, aunque tú no lo veas así.
        Pero como decía, también es una historia de amor, una historia sobre diferentes relaciones, de la trayectoria entre unas y otras, y de la vida. Después de mudarse Ifemelu a Estados Unidos empezamos a conocer todas sus facetas, se adapta, se americaniza, ya no es la misma. Pero no es americana. Tampoco es nigeriana ya. En ese momento te conviertes en un yo, creas un mundo propio al que perteneces porque ya no perteneces a ningún lado. 

Americanah es una larga historia sobre el amor que duerme en el fondo, tan en el fondo que, a veces, parece que ya no existe. También es una historia de relaciones humanas, de personalidades, de mentalidades que chocan, de ya no eres la misma, cuando eres tú la que piensas que todo el mundo está loco. Y es que otra de las cosas a tener en cuenta sobre este libro es que Chimamanda Ngozi Adichie nos relata su mundo, el de Nigeria. En la que tener un marido rico es lo más importante para una mujer, donde el estatus lo es todo, donde encontrar marido es la máxima preocupación. Donde la familia, la religión y los contactos se dibujan de un modo no tan diferente como aquí, pero siguen sin ser lo mismo. Y es que cuando has salido de ese círculo, volver a él es muy difícil. Esto no deja de repetirse a lo largo de todo el libro, primero por la propia tía de Ifemelu que emigra a Estados Unidos pero sigue con esa mentalidad, la de necesitar a un buen hombre en su vida (aunque sobra decir que el resultado no es tan bueno como ella esperaba), o las amigas y compañeras de trabajo de Ifemelu, con las que pasarán un par de momentos tensos por ese motivo. La parte americana de la novela tampoco se queda muy atrás, cuando eres blanco ves las cosas de otra manera. La cuestión de la raza importa más de lo que la gente quiere reconocer, más de lo que la propia Ifemelu creía al principio. Incluso en su círculo de amigos no faltan situaciones discriminatorias.
       Escribir un libro tan sincero, tan fiel a la realidad y al mismo tiempo dotar a los personajes del carisma suficiente no es un tarea fácil. Pero Adichie lo consigue, Americanah es un libro desgarrador a ratos, crítico en prácticamente todo momento, pero sobre todo real. Ifemelu es un personaje complejo, que no teme a las consecuencias de decir lo que piensa realmente, no teme criticar, explicar, exponer su realidad al mundo exterior, de expulsarlo todo en la red donde te puede leer cualquiera, donde te puede odiar cualquiera. Y también es un personaje enamorado, de uno, de otro, pero sobre todo de alguien muy especial para ella. Pero hay que leer Americanah no solo para disfrutar de una novela muy buena, sino que leerla como una oportunidad de descubrir una sociedad, una mentalidad, un país diferente al nuestro. Y es que también se puede aprender con ella. 
     

608 páginas / Random House / 24.90€

   . 5
Lagos, mediados de los noventa. En el marco de una dictadura militar y en una Nigeria que ofrece poco o ningún futuro, Ifemelu y Obinze, dos adolescentes atípicos, se enamoran apasionadamente. Como gran parte de su generación, saben que antes o después tendrán que dejar el país. Obinze siempre ha soñado con vivir en Estados Unidos, pero es Ifemelu quien consigue el visado para vivir con su tía en Brooklyn y estudiar en la universidad. Mientras Obinze lucha contra la burocracia para reunirse con Ifemelu, ella se encuentra en una América donde nada es como se imaginaba, comenzando por la importancia del color de su piel. Todas sus experiencias, desgracias y aventuras conducen a una única pregunta: ¿acabará convirtiéndose en una «americanah»?

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Anime: Ore Monogatari

La industria del anime ya no es lo que era. Historias que hemos visto decenas de veces se repiten una y otra vez. Encima si nos enfocamos en un género como es el shoujo, decir que lo hemos visto todo no sería una exageración. Sin embargo, aún hay veces en las que llega una serie que pese a ser ese mismo de siempre te recuerda que no todo está perdido. El año pasado fue el caso de Ao haru ride, esta vez le toca el turno a Ore Monogatari, una historia que está haciendo amar de nuevo el shoujo hasta a las más exigentes. 



Como os decía, Ore Monogatari probablemente sea ese temido más de lo mismo, la historia no se diferencia mucho de todos esos animes que hemos visto hasta ahora y sí, es igual de pasteloso que otros tantos del género. Sin embargo sí que hay algo que llama la atención de Ore Monogatari ya desde el primer capítulo, y es que finalmente no es tan de lo mismo como parece a simple vista. El esquema de chica se enamora del chico más popular/guapo del instituto aquí cae prácticamente en su totalidad. Para empezar, nos encontramos que la historia en esta ocasión está contada desde el punto de vista masculino, algo que no es muy habitual en justamente este tipo de animes. Tampoco hay chico protagonista guapo y perfecto (bueno, realmente sí que lo hay, pero es su mejor amigo), sino ese chico que se puede ver en la primera foto. Takeo es un chico de instituto de casi dos metros de altura, corpulento y no muy agraciado físicamente que digamos, tampoco es que sea muy popular entre las chicas pero su capacidad para los deportes (y cualquier tipo de actividad física en general) y su forma de ser hace que sea muy apreciado por sus compañeros de clase. A Takeo siempre lo acompaña su mejor amigo de la infancia, Makoto (que además es su vecino) y que es todo lo contrario que él, guapo, perfecto y que ama los libros por encima de todo lo demás.

Pero la parte en la que realmente empieza todo es cuando Takeo salva a una chica en el metro que está siendo acosada por un hombre, sobra decir que él se enamora de ella perdidamente a primera vista y que, por algún extraño motivo, es correspondido. A partir de ese momento Takeo, Makoto y Rinko empezarán a quedar, convirtiéndose gradualmente en buenos amigos. Sin embargo, Ore Monogatari no se queda a un nivel tan superficial, el amor y la amistad juegan un papel fundamental en esta historia en la que también hay momentos para ponernos serios. Ya sea en la relación de Takeo con Makoto o en la de Takeo con Rinko, existen flaquezas, malentendidos, descuidos o actos que se sacan de contexto, cosas que se callan y no se dicen, todo ello influye que no todo sea tan perfecto. La historia de Ore Monogatari gusta justamente por eso, por ser tan cotidiana y normal, el día a día de Takeo y sus quedadas con sus amigos, su relación con Rinko y sus otras amistades, su familia y sus preocupaciones. No saber cómo comportarse en algunas situaciones en este primer amor, cómo enfrentarse a ellas cuando las cosas no van bien.


Otro de sus aciertos es que los personajes están construidos de tal manera que no te resultan indiferentes (ya sean los principales o algunos de los secundarios). Takeo cuenta con un fuerte código moral, hacer las cosas del modo correcto es muy importante para él, aunque muchas veces tenga que interponer a los demás antes que a él mismo. La felicidad del otro es más importante que la suya propia. Tampoco duda en ponerse en peligro, como tendremos ocasión de descubrir en algún episodio. Ama, sufre y tiene sus dudas y a través de la pantalla logra transmitirte todo eso. Makoto es uno de sus mejores amigos porque siempre han ido al mismo colegio y encima son vecinos pero sus personalidades son totalmente contrarias. Él no tiene tanta facilidad como Takeo para interactuar con los demás, prefiere aislarse con sus libros, tener a Takeo y a su familia le parece suficiente. Pero pese a su carácter tranquilo y callado, sabe desenvolverse en muchas situaciones diferentes, además de actuar con cabeza. En cambio Rinko cumple todos los clichés establecidos del género. Es guapa, pequeña, mona, viste bien, le encanta cocinar y es adorable. Por eso es por lo que Takeo está tan enamorado de ella. Pero a medida que van pasado los capítulos podemos observar un ligero cambio de actitud en todos ellos, avanzan, crecen, los conocemos un poco más, y eso siempre se agradece.

Quizás el único problema de Ore Monogatari es que sea a veces demasiado pasteloso, he perdido la cuenta de las veces que Takeo piensa para sí lo mucho que quiere a Rinko y las situaciones que os harán subir el azúcar son incontables. Pese a todo ello considero que Ore Monogatari resulta ser, si no un soplo de aire fresco, por lo menos un anime que se sale de lo establecido. Se agradece no tener el esquema de siempre, al protagonista de siempre, poder diferenciar a sus personajes de otros tantos que abundan en el género. Dulce, tierna, pastelosa, inocente, cotidiana, son muchas las palabras que se me ocurren para calificarla. Probablemente sea uno de los animes que más he disfrutado viendo este año. Para acabar me gustaría añadir que si hay alguien que prefiera el manga, también existe, así que ya no tenéis excusa para darle una oportunidad. Ya sea por si habéis perdido la ilusión en el género hace tiempo pero os gustaría recuperarla (aunque sea temporalmente) o por la razón que sea, Ore Monogatari es un anime que merece la pena.

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